II LECTURA: “EL CATEQUISTA PALABRA” CLAVES DE LECTURA DESDE EG

EL CATEQUISTA PALABRA: “catequistas con Espíritu”

 

Esta segunda lectura nos ayudará a entender la importancia del Espíritu Santo en la vida del catequista y evangelizador para llevar el anuncio del Evangelio. No olvidemos que el Espíritu Santo es el alma de la catequesis, de manera que si no habita el en nosotros, el mensaje no hará su acción en el catequizando.

Los discípulos si no hubieran recibido en Pentecostés al Espíritu Santo prometido por Jesús, no hubieran llevado a cabo la obra evangelizadora de la Iglesia.

Como se puede leer en Hechos de los Apóstoles, catequizar solamente es posible si se tiene la plenitud del Espíritu del Padre, que no sólo enseña, sino que recuerda toda la enseñanza de Jesús (Jn 14,26). El ejemplo más claro lo encontramos en aquella mañana en la que el Espíritu se manifestó a los apóstoles y, posándose sobre ellos, los transformó en anunciadores de las grandezas de Dios (EG 259) y les dio la fuerza necesaria para salir a cumplir la misión, fuerza que aún hoy nos mueve a evangelizar, a catequizar. El catequista realiza su tarea convencido de que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia evangelizadora (EG 261).

En ese sentido, la función del catequista es disponer a los catequizandos a acoger la acción del Espíritu Santo en sus vidas para dar testimonio en el mundo de su presencia. El catequista es forjado por el Espíritu, Él lo va “modelando” a la manera de Jesús y le hace descubrir nuevos aspectos de la persona de Jesús y le anima a pensar, sentir y vivir como él. Así, el catequista comparte la vida con todos, escucha sus inquietudes, colabora material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, se alegra con los que están alegres, llora con los que lloran y se compromete en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás (EG 269).

El catequista que permite la acción del Espíritu en él va tomando una nueva forma, la del Espíritu; es decir, se va forjando en él un nuevo estilo de vida, una espiritualidad que muy pronto le va a diferenciar de los demás, porque su vida será un testimonio de la presencia del Espíritu Santo en él. Esta espiritualidad está fundada en dos elementos: en Jesús y en el pueblo. Así comprendida la espiritualidad del catequista es a la vez “una pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene, pero allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo” (EG 268).

En el ejercicio de su ministerio, el catequista presta un servicio a los hombres y mujeres a quienes acompaña y sostiene en la realización de su vocación, servicio que presta en cuanto discípulo que es de Jesús y en cuanto buen samaritano que se detiene a socorrer al herido y abandonado sobre el camino. Así comprendido, el servicio aparece como la expresión de una experiencia de fe, la expresión de la libertad que da el Espíritu, de la solidaridad y de la alegría que vive porque en él habita la presencia del Espíritu.

El papa Juan Pablo II afirmó: “El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros, cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y en los hechos que en las teorías. El testimonio de vida cristiana es la primera forma de misión” (Redemptoris missio 42), la primera forma de catequesis. El Espíritu Santo “infunde la fuerza para anunciar la novedad del evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente” (EG 259).  Jesús quiere catequistas “que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios” (EG 259). El catequista, como ser humano lleno del Espíritu Santo, adherido a Jesús y vinculado a la Iglesia, está abierto a los problemas del hombre de hoy. Él comparte los gozos, las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, pero de forma especial se acerca y trabaja por los más pobres; pues ellos “son los destinatarios privilegiados del evangelio, y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres” (EG 48).

“Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo” (EG 187). Por lo anterior, el papa Francisco expresa uno de sus deseos más importantes para esta nueva era evangelizadora: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos” (EG 198). “La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” (EG 198). “La alegría del evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie” (EG 23).

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