PRINCIPIOS PARA UNA CATEQUESIS RENOVADA

PARTE II

PRINCIPIOS PARA UNA CATEQUESIS RENOVADA

La renovación actual de la catequesis nació como respuesta a los desafíos de una nueva situación histórica. Esta exige la formación de una comunidad cristiana misionera que anuncié, en su autenticidad, el Evangelio y lo haga fermento de “comunión y participación”  en la sociedad y en la liberación integral del hombre.

Para realizar tal objetivo, la catequesis necesita de sólido fundamento. Y este fundamento se encuentra en la Palabra, por la cual Dios revela su voluntad de comunión plena con el hombre.

En el Nuevo Testamento, el término “Catequesis” significa dar una instrucción respecto a la fe. En su origen, el termino se liga a un verbo que significa “hacer resonar” (Katekhéo). La catequesis, en efecto tiene por objetivo último hacer escuchar y trascender la Palabra de Dios.

¿Qué es “Palabra de Dios”? ¿Qué significa revelación? ¿Qué relación tiene todo esto con catequesis? Estas son cuestiones fundamentales que serán profundizadas en este capítulo II tratará de la exigencias de la catequesis.

Revelación y Catequesis

El lenguaje de la comunicación con Dios

“Quiso Dios con su bondad y sabiduría, revelarse así mismo… Dios habla a los hombres como amigos y con ellos conversa… “Así el Concilio Vaticano II  (DV 2) expresa la convicción sobre la cual la Iglesia y todos los cristianos edifican su fe. Pero. ¿Cómo habla Dios?

La principal forma de comunicación humana es la Palabra. Pero hay otras maneras  de comunicarse entre los hombres. Muchas veces, un gesto tiene un contenido más fuerte que muchas palabras. Los hechos y los gestos también pueden construir un lenguaje.

Dios para comunicarse con los hombres, adoptó esas dos formas de lenguaje que se complementan mutuamente; la de las palabras y la de los gestos o acontecimientos. (DV2).

Dios quiere comunicarse a sí mismo y formar su pueblo

Además del lenguaje, es necesario entender otros aspectos de esa comunicación entre Dios y el hombre: ¿qué es lo que Dios quiere comunicar?; ¿a quién se dirige? ; ¿qué obstáculos encuentra?

Dios no quiso y no quiere comunicar a los hombres sólo alguna verdad o alguna ley. Él quiere comunicarse a sí mismo. Su presencia, su amor (DV 2 y 6).

Dios no quiere hacer esa separación separando a las personas, sino uniéndolas. Dios quiso “santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituyendo un pueblo que lo conociera en verdad y lo sirviera santamente”. (LG9).         Aun cuando Dios se revela a través de un profeta, es siempre al pueblo a quien se dirige; y es siempre una vinculación vital con la comunidad que la persona es llamada y llega a la fe en Dios.

Entre el hombre y Dios existe una distancia inconmensurable no solo por la inclinación natural entre la grandeza infinita de Dios y la fragilidad de la condición humana, sino también por el pecado, que es un rechazo a la comunicación con Dios, un rechazo del Amor. Una vez que el hombre no puede llegar solo al total conocimiento de Dios, es necesario que el propio Dios tome la iniciativa de “revelarse”, de remover las barreras entre él y nosotros, dejando de ser un  “Dios escondido” para mostrarnos su rostro, y quién es El.

La “pedagogía de Dios”

Se comprende ahora, que la revelación de Dios es mucho más un proceso, una marcha, que un acto realizado inmediatamente y de una sola vez.

Esto acontece, no porque Dios no quiera comunicarse totalmente y de una sola vez. Dios es comunicación. Dios es Amor. Dios está siempre cercas de nosotros. Somos nosotros los que nos alejamos de él. Somos nosotros los que necesitamos de ese proceso lento y permanente de la revelación, porque somos seres históricos, en construcción.

En otras palabras, la humanidad no está preparada para acoger s Dios plenamente. Muchos obstáculos la separan de él. Muchos pecados la desvían del Señor.

Dios, entonces, procura guiar la humanidad de regreso. Procura orientarla, aproximarla a sí. Dios se hace para su pueblo como un padre o una madre que enseña al niño los caminos de la vida. Se hace un maestro o educador, que enseña a los alumnos los mejores caminos de búsqueda de la verdad y de la felicidad. “Como un padre educa a sus hijos, así Dios educa a su pueblo” (Dt 8, 5).

Por eso se puede hablar de “pedagogía de Dios” (DV 15), para indicar la forma por la cual Dios se reveló en la historia de la humanidad, gradualmente por etapas.

La historia de la revelación

La revelación de Dios fue conservada, al principio, por una tradición oral contada “de padre a hijo” (Dt 4, 10; 11,19), de boca en boca. Después la pusieron por escrito en la Biblia.

LA Biblia raras veces usa la palabra “revelación”. Tampoco hace teorías sobre ella. Cuenta, sobre todo, hechos. Algunos de esos hechos pueden ayudarnos a comprender cómo se da la “revelación”. Son  principalmente hechos que presentan el encuentro de Dios con su pueblo o con un profeta.

Tomemos un ejemplo: la revelación de Dios a Moisés (Ex 3, 1-15). Dios atrae a Moisés con un signo: la zarza ardiente. Y comunica a Moisés dos cosas: su nombre y la voluntad de liberar a los “hijos de Israel”. Observemos bien: por un lado Dios se presenta como el Dios de los padres, de los antepasados de Moisés, el Dios que Moisés ya conoce y adora. Hasta ahí, nada nuevo. De otra parte, Dios revela algo nuevo, que Moisés y su pueblo no conocían: el nombre de Yavé (que significa “Aquel que soy” o Aquel que está con vosotros”) y la voluntad de liberarnos.

En los encuentros de Dios con su pueblo y sus profetas, es posible conocer esa “estructura de la revelación: Dios habla partiendo de algo que los hombres ya conocen, que pertenece a la experiencia de ellos,  y procura llevarlos a descubrir y comprender algo nuevo de su ser, de su amor, de su voluntad. Aún más: Dios ilumina a su pueblo y a sus profetas para que comprendan el sentido de la historia que están viviendo, es decir, de los acontecimientos que Dios quiso o permitió.

Muchas veces, el acontecimiento es tan importante que ilumina con nueva luz todo el pasado y lleva a una nueva y más profunda comprensión del plan de Dios. Es lo que aconteció con la experiencia de la “Alianza”. A la luz de ella fue interpretada toda la historia de la salvación: la creación (Is 40, 25- 28; 44, 24; etc).  Noé (Gn 6,19; 9,9), Abraham (Gn17,2), Moisés (Ex 19,5; 24,7), David (2ª Sm 23,5). La fe de Israel se expresa a través de la evocación de la historia (Dt 6, 20-23; 26, 5-9).

La luz definitiva sobre la historia de la revelación viene de Jesús, quien finalmente revela toda la amplitud del amor de Dios.

La amplitud de la revelación

La más alta expresión, absoluta única y definitiva de la comunicación de Dios a la humanidad, es Jesús el Cristo (DV 4). En él, Dios no se limita a comunicar algo de su Amor. Dios se da a sí mismo. Jesús es la encarnación, en la naturaleza humana, del Verbo. Es la propia “Palabra de Dios” hecha carne (Jn 1,14). Jesucristo se hace así, para los hombres de todos los tiempos, “camino, verdad y vida” (Jn 14, 6). Solamente por él se va al Padre. Es la plenitud de la revelación. Por eso, después de Jesús ya no esperamos nuevas revelaciones. Es importante con todo, observar como Jesús revela al Padre. Otra vez nos encontramos con la presencia de acontecimientos y palabras estrictamente unidas. Su encarnación, su vida en la tierra especialmente su muerte y resurrección son hechos en que la fe reconoce a Dios que se revela y se comunica. El sentido de estos hechos se hace accesible a nosotros por las propias palabras de Jesús, que comprendemos con la ayuda del Espíritu Santo y de la Iglesia.

Para la catequesis es importante recordar que Jesús, en su “pedagogía”, para llevar a los oyentes a la plenitud de la fe, no desprecia la historia anterior de la revelación, el Antiguo Testamento, además, también aprovecha las situaciones de la vida y las experiencias de las personas, educándolas para que reconozcan en todo eso los llamados de Dios.

Cristo se comunica a través del Espíritu Santo

Jesús es la plenitud de la revelación de Dios. En este sentido, Dios no tiene nada más que revelar de sí mismo (DV 4). Todo lo que es del Padre fue comunicado a Jesús, y Jesús lo comunicó a sus discípulos y apóstoles  (Jn 15, 15, DV 7). Reveló los “misterios” es decir, la intimidad de Dios, lo que hasta entonces estaba escondido “no a los sabios y entendidos, sino a los sencillos” (Mt 12, 25).

Pero en Jesús, exactamente porque en él habita la “plenitud de Dios” y únicamente en él se encuentra la salvación, debe ser de alguna forma, contemporáneo y compañero de todos los hombres. Esta es la tarea que se realiza a través del “Espíritu de Jesús”, el Espíritu Santo que actúa en la Iglesia. En este sentido se puede decir con el Concilio Vaticano II,   que Dios continua manteniendo “permanente dialogo” con la comunidad cristiana (DV 8c) y que el Espíritu Santo hace razonar en la Iglesia y en el mundo “la voz viva del Evangelio”, conduciendo a los fieles a la plenitud de la verdad (Jn 16,13).

Como lo reafirma repetidas veces el Nuevo Testamento, la experiencia del Espíritu  en la comunidad cristiana es inseparable de la memoria de Jesús (Jn 14, 26; 15,26; 16, 13-14; Hech 2, 17-36; 1 Cor 2, 1-16; 12, 3; 2 de Cor 3,3 ss) pero la acción del Espíritu no se dirige únicamente al pasado. Quiere “conducir santamente la vida y hacer crecer la fe del pueblo de Dios” (DV 8ss). Se dirige también al futuro, para la plenitud de la verdad, haciendo progresar la comprensión “tanto de las realidades como de las palabras” confiadas a la Iglesia.

El Espíritu no actúa solo, libre y misteriosamente, como el viento de la noche, que no sabe “de donde viene y a donde va” (Jn 3, 8). El, el, para mantener ”intacto y vivo” el Evangelio, suscitó y conserva en la Iglesia la Tradición, la Escritura y el Magisterio.

 

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