EL CATEQUISTA QUE NECESITA LA IGLESIA “HOY”

 

EL CATEQUISTA QUE HOY NECESITA LA IGLESIA

No es fácil delinear la figura del catequista que hoy necesita la Iglesia. Su tarea, si bien es fundamentalmente la misma a lo largo de la historia de la Iglesia, cobra acentos peculiares según las diversas coyunturas históricas y culturales. La función del catequista y la manera de realizar su misión, en efecto, no son exactamente las mismas en un país de misión, con su cultura propia, y con unos destinatarios cristianos, que en una Iglesia de antigua cristiandad, con una cultura en rápida evolución y con unos destinatarios ya bautizados, aunque muchas veces alejados de la fe.

Por otra parte, el tipo de catequista que hoy necesita la Iglesia hay que determinarlo, particularmente, en función del horizonte cultural de un siglo que terminó y de otro que se abrió; horizonte que está reclamando una nueva evangelización. Como afirma el Directorio general para la catequesis, se necesitan catequistas que sepan actuar en el marco religioso cultural de esta nueva evangelización de los bautizados. Hay que tener, por eso, muy en cuenta las necesidades evangelizadoras de este momento histórico, con sus valores, sus desafíos y sus sombras. Para responder a este momento se requieren catequistas dotados de una fe profunda, de una clara identidad cristiana y eclesial, de una fina preocupación misionera y de una honda sensibilidad social (cf DGC 237; cf IC 44).

CATEQUISTAS CON UNA FE PROFUNDA.

Vivimos hoy en día en un modelo cultural dominado por el consumo, por la búsqueda de satisfacciones inmediatas. Este modelo, entre otras cosas, nos polariza por el disfrute de lo presente. Las perspectivas a largo plazo y la esperanza de un más allá no agobian tanto al hombre. Por eso se constata que los hombres y mujeres de hoy van perdiendo la capacidad de preguntarse con profundidad por el sentido profundo de la vida. Fácilmente nos convertimos, entonces, en seres superficiales, sin profundidad, viviendo de manera insignificante e intrascendente. La pregunta sobre Dios y sobre el más allá queda cada vez más lejana y, como dijo con acierto el teólogo Paul Tillich, «esta dimensión trascendente se va convirtiendo en una dimensión perdida».

En este contexto, la Iglesia necesita catequistas imbuidos de un hondo sentido espiritual, con una experiencia madura de fe y un fuerte sentido de Dios. Dado que «la misión primordial de la Iglesia es anunciar a Dios y ser testimonio de él ante el mundo» (DGC 23), el catequista ha de ser capaz de dar testimonio de su fe en Dios y de responder a la inquietud más honda del corazón humano, muchas veces no consciente: la sed del absoluto anida en él. Sólo un catequista así devolverá al ser humano el hondo sentido de la vida y le hará gustar el camino de la verdadera felicidad.

CATEQUISTAS FIRMES EN SU IDENTIDAD CRISTIANA. 

La Iglesia necesita hoy catequistas que, junto a una fe profunda, se mantengan firmes en su identidad cristiana y eclesial. Vivimos, en efecto, en un mundo marcado por el pluralismo de formas de pensar, de criterios morales, de estilos de vida diferentes. La uniformidad cultural de antaño ha pasado.

Esta situación exige de la Iglesia un nuevo modo de presencia, no fácil de conseguir. Para muchos ciudadanos de una sociedad democrática los criterios de la Iglesia ya no son el último referente en el cual inspirarse. En este contexto, los cristianos han de acostumbrarse a vivir como una comunidad concreta y bien definida, en medio de grupos humanos que tienen otros valores y otra forma de concebir la vida. En muchos sitios, incluso, la concepción cristiana de la vida es juzgada como cosa trasnochada y del pasado.

En medio de tal pluralismo ideológico y axiológico, (valores predominantes en una determinada sociedad) la Iglesia necesita catequistas que se sientan firmes en sus convicciones cristianas, y que sean capaces de educar a los niños, jóvenes y adultos para que sepan confesar su fe y dar razón de su esperanza, por estar anclados en las verdades esenciales de la fe, en convicciones serias y en los valores evangélicos fundamentales. Hoy se pide a los catequistas, ante todo, que sepan educar testigos en medio de un mundo donde el relativismo ético ha ganado terreno.

CATEQUISTAS CON FINA SENSIBILIDAD MISIONERA.

La Iglesia necesita hoy, igualmente, catequistas preocupados por la conversión al Señor de muchos bautizados actuales. En los países de antigua tradición cristiana, y a veces también en las Iglesias más jóvenes, «grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe e incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su evangelio» (RMi 33). Bastantes de estas personas, sin embargo, siguen cultivando expresiones de religiosidad popular, con su efervescencia social, y momentos de emoción intensa de experiencia de lo sagrado.

Esta situación responde a un contexto socio-religioso que requiere una nueva evangelización. En ella, para lograr la recuperación de la fe perdida u olvidada, es necesario, pero no basta, el testimonio cristiano; hace falta también el anuncio de una palabra que interprete este testimonio y llame a las puertas del corazón de los religiosamente indiferentes. «En esta nueva situación… el anuncio misionero y la catequesis, sobre todo de jóvenes y adultos, constituyen una clara prioridad» (DGC 26).

Para realizar esta nueva evangelización, la Iglesia necesita catequistas con una mirada de fe sobre nuestro mundopara detectar las señales de la acción del Espíritu y leerlas como llamadas de salvación; catequistas que crean en los increyentes e indiferentes, sabedores de que, trabajados por el Espíritu, pueden ser recuperados para la fe viva; catequistas capaces de ponerse en diálogo afectivo y lleno de humanidad con las personas ante las que irradiar la luminosidad y bondad de ese Alguien presente en medio de ellas; catequistas de esperanza, paciencia y alegría interior, como frutos del Espíritu que los habita; catequistas, en fin, comprometidos con lo humano, como expresión de la condescendencia divina, anunciadores de la salvación en medio de unos hermanos alejados de la fe.

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