LA BIBLIA: ALIMENTO BÁSICO PARA EL CATEQUISTA Y LA CATEQUESIS

LA BIBLIA EN LA CATEQUESIS

  1. ALGUNAS CONSTATACIONES

Todos estamos de acuerdo en que la Biblia debe tener un puesto muy importante en la catequesis. Todos sabemos que su lectura es fundamental en el acto catequético, como medio para iluminar la experiencia.

Muchos catequistas encuentran dificultades a la hora de integrar la Biblia en la catequesis por dos razones:

  • No encontrarse suficientemente preparados para ello: cómo presentar los textos, cómo dar la interpretación adecuada. En la mayoría de los casos falta una preparación general, o una preparación de los textos concretos que van a trabajarse en la sesión de catequesis.
  • No resulta fácil relacionar lo que dice la Biblia con lo que vive la gente, porque se trata de mundos y preocupaciones distintas: escenas de violencia, creencias mágicas… Este aspecto está relacionado con el problema de la lectura creyente de la Biblia, que no consiste sólo en una explicación del texto, sino en una apropiación del mensaje para la vida, en un contexto de lectura comunitaria y orante.

Esto significa que los catequistas necesitan leer y estudiar asiduamente la Biblia. La Biblia pertenece a una cultura diferente y ha tenido un largo proceso de formación. Para poder leerla como cristianos adultos y captar su mensaje, es necesario tener unos conocimientos básicos de las formas de escribir, de actuar y de pensar de aquella época. Sin embargo esto no sería suficiente, pues la tarea de los catequistas consiste en enseñar a leer la Biblia, que es más que transmitir conocimientos sobre ella. Vamos a referirnos a este segundo aspecto, ofreciendo algunas sugerencias sencillas.

  1. SUGERENCIAS PARA LEER LA BIBLIA

La utilización de la Biblia que se hace en catequesis dependerá en gran medida de lo que signifique la Biblia para los catequistas. La catequesis es, en primer lugar, la transmisión de una experiencia de fe, no de unos contenidos o dogmas; y la fe se transmite en la medida en que se vive. Si los catequistas leen asiduamente la Biblia, y encuentran en ella luz para sus vidas, si la experiencia de aquellos primeros creyentes les ayuda a entender y vivir la suya… entonces sus catequesis transmitirán esto que ellos viven, y el libro de las Escrituras comenzará a romper los sellos que mantienen oculto su mensaje de vida. Si, por el contrario, los catequistas no leen la Biblia o no encuentran en ella luz para sus vidas, entonces la leerán en la catequesis como quien lee “lo que toca”, y el Libro de las Escrituras seguirá sellado. Lo más importante es qué significa la Biblia para los catequistas

En general, hay que evitar leer la Biblia como una colección de argumentos para probar lo que queremos decir. Esta fue la lectura que se hizo en la teología y en la catequesis durante mucho tiempo (por ejemplo: los milagros como prueba de la divinidad de Jesús), y ha traído como consecuencia una visión distorsionada de muchas páginas de la Biblia. Lo que tenemos en la Biblia es más bien el testimonio privilegiado de nuestros antepasados en la fe, cuyo centro es el misterio de la vida, muerte y resurrección de Jesús. En ellos encontramos más un anuncio que un dogma o una argumentación. Al utilizar la Biblia en la catequesis, tenemos que tener muy en cuenta su carácter kerigmático, que hace de su mensaje una buena noticia para el hombre.

Damos cinco sugerencias concretas:

  1. AMBIENTAR LA LECTURA.

Es muy importante cultivar algunas actitudes que deben acompañar la lectura de la Biblia, pues a través de ellas decimos muchas cosas sobre el significado que tiene para nosotros:

  • En primer lugar, preparar con antelación los textos que van a leerse en la sesión de catequesis, informándose sobre ellos, meditándolos y dejándonos interpelar por su mensaje.
  • La lectura de cada texto ha de ir precedida por un breve silencio o una oración para pedir al Señor que nos abra el corazón y el entendimiento para acoger dócilmente su Mensaje.
  • Los textos deben leerse despacio, sin prisas. No es una novela ni un periódico, sino un texto muy importante para nosotros. Necesita que le demos tiempo, que la leamos una y otra vez para estar seguros de captar su mensaje.
  1. LEER EL TEXTO EN SU CONTEXTO.

Cuando se lee un texto, hay que insistir en que siempre el primer paso es preguntarnos qué es lo que el texto decía a sus primeros destinatarios. Normalmente la tendencia es la de hacer una aplicación inmediata a nuestra situación. Este tipo de lectura proyecta sobre el texto nuestras preocupaciones, y suele dar como resultado una lectura moralizante, fruto de nuestra educación tradicional. La pregunta que debe guiar nuestra lectura es: ¿Qué experiencia de fe ha sido recogida en este texto? Cuando leemos la Biblia, buscamos precisamente eso: una experiencia de fe que nos ayude a entender la nuestra y a ampliar el horizonte de nuestra vivencia de la fe en una situación nueva.

Para ambientar el texto tenemos recursos muy sencillos:

  • Explicar las costumbres de aquella época: utilizar mapas, ambientar el texto históricamente con ayuda de introducciones, comentarios, etc.
  • Mostrar cómo en la Biblia encontramos modos de hablar y de escribir distintos a los nuestros (parábolas, relatos de milagros, relatos de anunciación, etc).
  • Insistir en que la Biblia es una palabra encarnada, y que en ella hay que distinguir entre el mensaje perenne y lo que era propio sólo de aquella cultura (matanzas, violencia, discriminación de la mujer, etc). El mejor criterio para saber esto es leer todos los textos desde el mensaje y vida de Jesús, que es el centro y la clave para leer toda la Biblia.
  1. LEER PARA ENTENDER LA VIDA.

Pero este tipo de lectura no es suficiente. Es necesario exponer nuestra vida a la interpelación de este mensaje que hemos descubierto. Nosotros no leemos la Biblia para saber más cosas sobre ella o por curiosidad. Estamos convencidos de que en ella Dios nos ha dejado las pistas fundamentales para orientarnos en la vida: tenemos la Palabra y la vida de Jesús, la historia del Pueblo elegido con sus sabios y profetas… Pero todo esto tiene hoy una traducción en la vida concreta. Por tanto, el segundo reflejo que podemos cultivar como catequistas es el de no leer nunca un texto sin hacernos la pregunta de cómo nos interpela a nosotros. Esto supone:

  • Tener una mirada penetrante sobre las cosas que pasan a nuestro alrededor: estar atentos a la vida, a las cosas que nos pasan a nosotros y a la gente que nos rodea, a los signos de cada época.
  • Dejar que el mensaje que hemos descubierto en el texto hable libremente y sea como la lluvia que fecunda la tierra. § Estar dispuestos a dejarnos interpelar por el mensaje que descubrimos.
  1. LECTURA ORANTE Y COMUNITARIA.

La Biblia debe ser leída con el espíritu con el que ha sido escrita. A través de ella Dios nos habla, y para escucharle tenemos que estar en la misma sintonía. Esto significa que nuestra lectura debe hacerse en un clima de oración:

  • Abrir sinceramente el corazón para acoger lo que Dios nos dice a través de su Palabra escrita.
  • Responder a Dios a través de la súplica, la acción de gracias, el reproche… completando así el diálogo que él comienza. Porque escuchamos a Dios cuando leemos su Palabra y le hablamos dirigiéndole nuestra oración.

También es muy importante que la lectura personal se complete con la comunitaria. El Concilio nos ha ayudado a descubrir el valor de la comunidad, y esto tiene una aplicación importante para la Biblia, cuya interpretación no es un asunto privado y personal, sino comunitario. La comunidad cristiana es la destinataria de esta Palabra, y por tanto, es en la lectura comunitaria donde mejor descubrimos el mensaje de Dios para nosotros hoy. Además, esta lectura comunitaria es la que va señalando el camino de la Iglesia en cada época, como nuestra la lectura litúrgica, que debe ser la expresión última de esta dimensión comunitaria. Cultivar en la catequesis este tipo de lectura es la base para que en el futuro la vida de los grupos cristianos se asiente sobre el firme cimiento de la Palabra de Dios.

  1. LECTURA COMPROMETIDA.

La lectura de la Biblia no puede ser sólo un ejercicio intelectual o estético, sino que tiene como meta la vida. Cuando nos acercamos a leer la Biblia, llevamos a cuestas nuestra vida, y la vida de los que nos rodean; al descubrir su mensaje y dejarnos interpelar por él, descubrimos que la Palabra de Dios nos ofrece muchas veces una alternativa de vida, un camino de conversión. Negarnos a seguir este camino o disimular los compromisos que nos plantea, lleva a una ruptura del diálogo con Dios. Normalmente, cuando nuestra lectura de la Biblia no desemboca en el compromiso, dejamos de avanzar en la comprensión de la Palabra de Dios y acabamos por no entender para qué tenemos que leerla.

Por JMS Caro

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