LA CATEQUESIS NECESITA: UN CATEQUISTA CREYENTE Y MADURO EN LA FE

EL CATEQUISTA ES UN CREYENTE MADURO

El catequista descubre la acción del Espíritu Santo no sólo en el catequizando sino dentro de sí mismo, como fuente de la espiritualidad exigida por su tarea.
La propia experiencia cristiana del catequista desempeña una función decisiva en su tarea catequizadora. «En el fondo, ¿hay otra forma de comunicar el Evangelio que no sea la de transmitir a otro la propia experiencia de fe?» (EN 46). El testimonio de fe del catequista y su palabra evangelizadora forman una unidad estrecha en orden a la eficacia real de la catequesis. En el fondo del catequizado late la pregunta acerca de la autenticidad de la fe del catequista. «A grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta:
¿Crees verdaderamente en lo que anuncias? ¿Vives lo que crees? ¿Predicas verdaderamente lo que vives? Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la evangelización» (EN 76).

La importancia de este dato es obvia a la hora de organizar la formación de los
catequistas, uno de cuyos aspectos ha de consistir en facilitarles la maduración de su propia
fe personal.
Supuesto esto, cabe preguntarse si el ejercicio de la catequesis no configura la vida cristiana común con unos rasgos peculiares. En concreto, ¿cómo se ve configurada la espiritualidad del catequista por el desempeño de la tarea de catequizar?
Toda espiritualidad cristiana se sustenta, en último término, en las virtudes teologales: «El apostolado se ejercita en la fe, en la esperanza y en la caridad, que derrama el Espíritu Santo en los corazones de todos los miembros de la Iglesia» (AA 3).
La fe del catequista se alimenta con la substancia viva del Evangelio ya que su misión consiste en transmitir los aspectos fundamentales del misterio cristiano, constitutivos de lo que es común a todo creyente. La tarea del catequista se circunscribe a iniciar en lo esencial de la fe, en lo que es necesario para fundamentarla. Construye, por tanto, su espiritualidad sobre las certezas sólidas (CT 60) del Evangelio.

La meditación asidua de estas realidades básicas de la fe proporciona a la espiritualidad del catequista la solidez de la simplicidad del Evangelio, el gozo profundo de una Buena Noticia incesantemente rumiada. Radicado en lo nuclear común, el catequista — servidor de la unidad de la confesión de fe (cf. CC 71)— es un incansable buscador de la unidad (EN 77), ya que su tarea le hace constantemente centrarse en lo que une a todo cristiano más que en lo que lo separa.

La esperanza del catequista, como virtud que le hace superar los obstáculos y dificultades inherentes a su tarea catequizadora, le lleva a asumir y dar sentido al sufrimiento provocado por: las malas disposiciones o limitaciones de los cristianos que no responden al Evangelio como él desearía; su propia falta de fe, creadora de una distancia dolorosa entre el Evangelio que anuncia y su vivencia real; los contrasignos de la comunidad cristiana que contradicen el Evangelio que transmite; las condiciones pobres —y a menudo insuficientes— en las que ha de realizar su tarea; la oposición o indiferencia de los que deberían apoyarle y el rechazo o persecución de los que se cierran a la Buena Nueva del Reino; la oposición o el descrédito de la religiosidad por una parte de la sociedad que ha cambiado su escala de valores; la oposición causada o bien por la negación de la fe o bien por la indiferencia en el mundo cultural de hoy.

 Tomado: Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis.                                                                                                                                        Marco de formación de catequistas.

 

El catequista que ha hecho una experiencia viva de su encuentro con Cristo. “El mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible” (EN 76); es la fe que ofrece al catequizando para que también el realice su propia experiencia de la misma. En el fondo del catequizando late la pregunta acerca de la autenticidad de la fe del catequista. “En el fondo no hay otra forma de comunicar el evangelio que no sea la de transmitir a otro la propia experiencia de fe” (EN 46).

Ello implica afrontar continuamente la revisión y purificación de las propias formas de comunicar la fe y de vivirla a través de la experiencia personal y comunitaria, intentando devolver a esta búsqueda del hombre el verdadero sentido del encuentro con Dios y de la apertura no condicionada a su mensaje de salvación. Sólo un catequista así devolverá al ser humano el hondo sentido de la vida y le hará gustar el camino de la verdadera felicidad. Catequista capaz de mostrar con su propia vida la verdad que cree y trasmite y le basta ser para llegar a convencer dando razón de su esperanza sin otra razón que su propia vida.

Maria Teresa Penagos

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