PARA EL CATEQUISTA, SU PREDILECCIÓN SON LOS EVANGELIOS

PREDILECCIÓN POR LOS  EVANGELIOS

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PREDILECCION POR LOS EVANGELIOS

     El empleo constante de la Biblia en la catequesis se desprende de lo importante que la Biblia es para el catequista. Entre los diversos modelos de comunicación del mensaje religioso, hay algunos que deben ser considerados como prioritarios.

En primer lugar están los textos evangélicos, que recogen los dichos y hechos de Jesús. Ellos representan el modelo de catequesis preferente entre los cristianos, más preocupados por el mensaje, el kerigma, que por las fórmulas, los conceptos y las explicaciones.  El modelo de actuar y de hablar entre los primeros evangelizadores era el mismo Jesús. “Nadie ha hablado como este hombre”, “El no les hablaba como sus escribas“, “les tenía cautivados” (Jn. 7. 46; Mt. 13. 13; Mc. 12. 1; Lc. 24. 32)

En los Evangelios predominan los hechos, las parábolas, las citas proféticas, las plegarias, los discursos, los diálogos, las sentencias, las metáforas, sobre todo las acciones. Es el modelo catequístico.

Pero también se dio importancia muy pronto a las Cartas de los seguidores de Jesús, apóstoles o no. En ellas abundan las exhortaciones, las sentencias, las recomendaciones, los himnos o plegarias, las síntesis doctrinales, las listas de virtudes o dones, las referencias, las oraciones.

El modelo evangélico quedaría reflejado en la glosa que alguien añadió luego como confesión para entrar en la fe del Señor Jesús y que consta en textos tardíos de los Hechos: “Creo que Jesús es hijo de Dios” (Hech. 9.37) Esta confesión, que parece una añadidura muy primitiva al texto escrito por Lucas, refleja el final de toda la acción catequética: era la fe en Jesús. Para ella se preparaba al que recibía la gracia del Bautismo.

Un evangelio no es una biografía, aunque relate hechos y dichos de la figura de Cristo. No pretende ser un relato cronológico, aunque esté escrito en esta forma narrativa, ni sistemático, aunque responda su presentación a un plan preconcebido, ordenado y sucesivo.  Lo que busca es narrar hechos y dichos de Jesús. El orden y la lógica son secundarios. Por eso suele emplear fórmulas que no indican sucesión de hechos (en aquel tiempo, iba Jesús, aconteció, etc.)    El catequista no debe mirar el Evangelio como una hermosa historia, sino como una buena noticia.

Los textos evangélicos y las cartas apostólicas se fueron escribiendo a lo largo del siglo I. El año 53 o 57, con la Epístola primera de S. Pablo a los Tesalonicenses, es la fecha del primero. El final del siglo I, en que nace el Evangelio de Juan, es la culminación.

Durante los tres primeros siglos circularon diversos escritos relacionados con el Señor y con la doctrina de los cristianos. Más de 50 “evangelios” o libros sobre cosas de Jesús (apócrifos) conocemos. La desigual factura y contextura nos hace pensar que los autores respondían a un interés compartido con los demás, pero que existía la libertad suficiente en cada comunidad para buscar sus fuentes de inspiración y de comunicación.

Poco a poco la Iglesia, las comunidades cristianas, lograron discernir los que verdaderamente eran el reflejo de la verdad revelada, es decir los inspirados por Dios, y los que eran “ocurrencias” de los hombres.  De los “verdaderos” nos quedan textos y fragmentos abundantes, aunque tardíos: unos 5.000 hasta el siglo X quedan en museos y bibliotecas del mundo: papiros, pergaminos, inscripciones, lápidas funerarias, etc. Sólo unas docenas son físicamente del siglo II o III. Todos ellos son testigos del interés por el mensaje de Jesús y reflejan el progresivo desarrollo de los cristianos en el Mediterráneo.

Los autores de los Evangelios, dos apóstoles (Mateo y Juan) y dos escritores relacionados (Lucas y Marcos), suelen agrupar lo que quieren relatar: discursos, parábolas, acontecimientos, y los ofrecen con la sencillez y entusiasmo con que se relatan cosas de Jesús.   Ni más ni menos, es lo que se debe hacer en la catequesis y en la predicación. Se recogen los mensajes que laten en los hechos de Jesús y se graban con fuego de amor en la mente y en el cora­zón de los catequizandos.

Lo demás es secundario y no debe ser considerado con importancia que no tienen. El catequista no es un historiador ni un exégeta, sino un evangelizador. Y lo que vale en su tarea no es la información que pueda ofrecer, sino la buena noticia que con su vida y su pueda transmitir.

Los tres Evangelios sinópticos o paralelos sin duda tienen una base de “acon

Mecimiento” sucesivo que debe ser tenida en cuenta. Tuvieron mucho de interrelación entre ellos, en su redacción o armonización posterior al relato logrado.  Los biblistas multiplican sus teorías sobre la cuestión sinóptica y armonizan en lo posible la referencia entre los relatos.

Probablemente el primer escrito es el de Marcos (¿hacia el 58-60? ¿en Roma?).  Siguió el de Mateo (¿Hacia el 68-70? ¿en Antioquía?) y luego surgió el de Lucas (¿entre el 75-80?, ¿en Asia Menor?)  Además, de sus relaciones internas, los evangelistas usaron otras fuentes, escritos, listas, genealogías, himnos, plegarias, etc. Se supone que hubo una fuente importante y común para los tres sinópticos. La suelen llamar fuente Q, (Quelle, en alemán, ‘fuente’), aunque no se trate más que una suposición para explicar las coincidencias mutuas.

El Evangelio de Juan es de otro estilo literario y de otra estructura conceptual. Está formado por relatos muy organizados, discursos y plegarias más prolongados, centro de interés que acumulan reflexiones y sermones con toda seguridad “superpuestos”.  Tal vez fue escrito en el Asia Menor, en Éfeso, en otro contexto cultural. La tradición sitúa a Juan en ese puerto comercial durante el último cuarto final del siglo I.

Escribe sus libros con estilo dualista: luz/tiniebla, amor/odio, bien/mal, pecado/-gracia. Y alude a Verbo o Logos divino, que se hace carne y habita en medio de nosotros. Lo que caracteriza su texto es la intención doctrinal que juega con la sutileza y la afectividad, con el misterio y su revelación.

   También interesa al catequista la forma de presentar los textos. La numeración de capítulos y de versículos es secundaria, pero es práctica. Nació en la edad media. Al igual que en las Sinagogas judías se solía dividir en partes, según la lectura señalada para cada día, en las comunidades cristianas se comenzó pronto a dividir los textos largos en fragmentos para ser leídos en diversas ocasiones.

En el siglo XI, Lan franco, consejero de Guillermo el Conquistador, dividió la Biblia cristiana en capítulos.  Poco después Esteban Langton, profesor de la Sorbona y luego Obispo de Cantorbery, mejoró esta distribución en capítulos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En 1226 los libreros de París ya la organizaban así cuando preparaban el texto de la Vulgata para la venta.

La primera vez que aparece una edición con los Salmos distribuidos en versículos, según la versificación hebrea, es en 1509, cuando se editó en París por el protestante Enrique Estienne. Su hijo Roberto Estienne hizo una edición con toda la Biblia, distribuida de la misma forma que los Salmos. Aprovechó un texto preparado el año 1528 por el dominico Santos Pagnino con numeración de frases o versículo en el margen.

También es interesante entender el sentido del otro libro histórico, el llamado Hechos de los Apóstoles. Las dos terceras partes de todo el escrito se centran en la figura de Pablo, desde su conversión hasta los tres viajes apostólicos que le llevan a todos lo lugares posibles del Mediterráneo oriental, para terminar en Roma, después de su probable paso por la España, según habla en sus Cartas (Rom. 15.24 y 28).

   El género epistolar tuvo también una gran influencia. Era muy usado por los romanos (por ejemplo las Cartas de Séneca a Lucilo escritas en el año 62). Las que se conservaron por ser textos de lectura en las asambleas, constituyen hoy parte de nuestro Nuevo Testamento.

Son 14 de S. Pablo, o atribuidas él, y 7 se atribuyen a otros Apóstoles (2 a Pedro, 3 a Juan, 1 a Santiago y 1 a Judas).  Sean o no de los Apóstoles (Tesaloni­censes sí es de Pablo, Hebreos no lo es), lo importante es que se van difundiendo, pues se consideran como escritos propios para la catequesis y la reflexión en la asambleas fraternas.

El Apocalipsis se presentó siempre como libro original. También entró con facilidad en la lista de los libros considerados santos, pues relataba de forma alegórica y propia para tiempo de persecuciones el triunfo de la Iglesia sobre los perseguidores.  Sus relatos secretos (apo- kalipsis: revelación escondida), están dispuestos para que sólo se entiendan por los iniciados en la doctrina, no por los perseguidores.

Es claramente una profecía sobre el triunfo final del Cordero degollado ante el Dragón,  y de la liberación de la Iglesia ante la persecución. Ello significa que es un libro de esperanza y no simplemente un relato de misterios incomprensibles

 

 

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